“Muerto el perro, se acabó la rabia”, le dijo Blanca Argatt a uno de sus hijos. El “perro” era su esposo, Manuel Rodríguez. Argatt lo fulminó con dos balazos, uno en la cabeza y otro en el pecho. 79 años, el pulso firme, la decisión tomada vaya a saberse desde cuándo, el matar como un acto de liberación. El horror.
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Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo
(Alejandra Pizarnik)
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Atávico a más no poder, el miedo al monstruo nos persigue como una sombra desde el primer día. Ese pavor paralizante asociado con la presencia ominosa del monstruo se dibujó en la desdichada existencia de Blanca Argatt. “Su vida era un infierno”, revelan. En ese averno reinaba Manuel Rodríguez, perro rabioso al que su esposa ultimó al cabo de décadas de castigos y humillaciones, físicas y psicológicas. La pregunta en estos casos, siempre, es ¿por qué? ¿Cómo se explica, a esta altura de la historia, que sigan faltando herramientas para cazar al monstruo y encerrarlo, allí donde no pueda seguir haciendo daño?
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Rodríguez ejercía su imperio del terror en la intimidad del hogar. Con el correr de los días van deslizándose los testimonios y la forma inequívoca del monstruo se consolida en su carnalidad. Hijos que huyeron de un padre violento y miserable; uno de ellos en situación de calle. La esposa sojuzgada, golpeada, atormentada. Vecinos intimidados. Es que, puertas adentro, no rigen las mismas reglas que puertas afuera. En el espacio doméstico, el monstruo sabe administrar tiempos, movimientos, silencios. Rita Segato estudió la violencia de género como una expresión de relaciones de poder y de estructuras sociales que producen y reproducen jerarquías. Y como señala la antropóloga, la intimidad puede convertirse en el territorio donde el poder encuentra menos testigos y donde la víctima tiene mayores dificultades para construir una salida. La casa deja de ser refugio cuando el monstruo la transforma en una frontera.
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Rodríguez no era un desconocido para el sistema legal tucumano. Estuvo preso cuatro años por homicidio y, según describen los conocedores de la familia, “salió peor”. Uno de sus hijos consignó: “él nos decía que si llegábamos a denunciarlo nos iba a matar. También insistía con que ya había matado a un hombre y que no tendría problemas en volver a la cárcel por asesinar a otra persona”. La manipulación es una de las estrategias favoritas de todo monstruo, aunque en este caso, a la luz de los hechos, más que de amenazas se trataba de promesas. Una buena manera de comprender por qué no había denuncias. Entonces, Blanca Argatt deshizo a balazos la mordaza que la asfixiaba.
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No toda tragedia puede prevenirse y no toda violencia deja señales evidentes. Es injusto reducir cada desenlace a una explicación sencilla. No la hay en este impactante caso. Pero una idea fundamental es que la violencia doméstica se entiende como un proceso y cuando el golpe -el crimen- finalmente llega a la primera plana hubo una historia previa que ocurrió lejos de las cámaras, detrás de una puerta cerrada. ¿Y por qué no se fue a tiempo?, suele ser la pregunta. Pues bien, salir de una relación violenta no siempre significa ponerse a salvo. La separación puede intensificar las amenazas porque el agresor percibe que está perdiendo el control que ejercía sobre la otra persona. Una puerta de salida puede convertirse en un momento crítico si nadie se ocupa de proteger a quien intenta atravesarla.
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La palabra “monstruo” sirve para nombrar aquello que resulta insoportable, pero también puede ser una trampa. Imaginar al agresor como alguien excepcional, perverso y fácilmente reconocible conlleva el riesgo de no mirar la estructura cotidiana de la violencia. Detrás del golpe -ese que Blanca Argatt recibía todos los días- está el control. Vigilar, aislar, manejar el dinero, decidir con quién puede hablar la pareja, revisar el teléfono, humillar, intimidar. En determinado momento la víctima empieza a modificar su comportamiento para evitar la reacción del agresor, entonces deja de hacer determinadas cosas. Aprende a anticipar el humor del otro. Es cuando el miedo pasa a organizar la vida cotidiana. Y si algo determina los niveles de monstruosidad es la capacidad del monstruo para infundir miedo. Manuel Rodríguez, queda claro por todo lo que la investigación judicial dejó en evidencia, era un experto artesano del terror.
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En estos casos, la reacción social es de lo más dispar. Aunque parezca mentira, siempre se abre una ventana de sospechas hacia la víctima. De nuevo: hay quienes quedan paralizados, mudos, inertes, por el miedo que el monstruo infunde. No es que no quieran denunciar; sencillamente, no pueden. Infinitamente peores son otras actitudes, porque los monstruos, desde ese brutal magnetismo que emanan, llegan a cosechar empatías. O simpatías.
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Para las nuevas generaciones, Ricardo Barreda es un nombre que -tal vez- escucharon de sus padres o de sus abuelos. La película estrenada por Prime Video recuperó esa historia con plausible fidelidad a los hechos, que datan del 15 de noviembre de 1992. Ese día Barreda, odontólogo platense de cierto prestigio, asesinó a sangre fría a su esposa, a sus dos hijas y a su suegra. Uno de los aciertos del filme fue subrayar la insólita corriente de apoyo que surgió entre un sector de la opinión pública hacia el criminal, elevado a la categoría de vengador de hombres oprimidos por un supuesto matriarcado. En esa época circulaban estampitas de “san Barreda”, saludando al macho que había sido capaz de sacarse de encima a una mujer insoportable y a una suegra brujeril. Nada de eso se vio durante el juicio. Barreda lució allí como un hombrecito gris e insignificante, patético a más no poder. Pura banalidad del mal. Y a la vez monstruo de manual.
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Los monstruos domésticos rara vez se parecen a los de las películas. No llevan marcas en la frente ni se transforman a la medianoche. Son los peores. De acuerdo con las declaraciones de familiares, vecinos y otros testigos, Blanca Argatt convivía con una mezcla de miedo, incertidumbre, inseguridad, alerta permanente, silencio, sospecha y aislamiento. Es imposible que todo esto no distorsione la percepción de la realidad. Hasta que la determinación de cortarlo para siempre se impone sobre cualquier razonamiento.
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Alojada en casa de uno de sus hijos, Blanca Argatt aguarda la resolución del caso. Sus abogados cuentan con numerosos elementos para alegar en su favor, desde la situación emocional a la legítima defensa. Todo eso pasará a formar parte del expediente. Pero sólo compartiendo la piel de ella podría entenderse lo que implica gatillar contra el victimario. El resto son conjeturas de improbable demostración. Todo se reduce, a fin de cuentas, a Blanca Argatt y sus circunstancias. Pero, ¿qué hay de los otros monstruos, esos que se mueven cobijados por los muros de un feudo maléfico al que llaman hogar? ¿Cómo detectarlos y castigarlos? ¿Cómo ayudar a las innumerables Blancas que padecen violencia extrema, mientras el miedo las mantiene congeladas? El brazo de la ley necesita contar con los elementos para penetrar en esas intimidades y darle al monstruo de turno su merecido.
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Porque, como escribió Alejandra Pizarnik, la jaula de Blanca Argatt se ha convertido en pájaro. Y ahora, ¿qué hará Blanca con su miedo?